Una
muestra de cada partida de los
ordenadores fabricados son introducidos
en la 'burning room' y se ponen en marcha.
Se analiza su rendimiento para
evaluar si serán capaces de funcionar en
condiciones extremas de funcionamiento.
La prueba supone un esfuerzo para el
equipo que simula los 15 años de
funcionamiento que se estima que
alcanzarán en su destino. De esta forma la
empresa asegura que el producto que entrega
tiene una calidad óptima.